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Artículo realizado por el Equipo de TKE Home Solutions
El edadismo o discriminación por edad es una actitud negativa hacia las personas mayores basada simple y precisamente en el criterio de la edad. Se trata por tanto de un prejuicio que margina a los mayores por el mero hecho de serlo y que afecta emocionalmente a millones de personas en todo el mundo.
En caso extremo supone la exclusión de los mayores de la vida social bien como opción personal para evitar el sufrimiento que esta situación provoca, bien porque se ven directamente desplazados por las exigencias impuestas y sin opción a participar activamente.
El edadismo está muy presente en nuestra sociedad actual debido a la errónea creencia de que todo lo nuevo por ser más tecnológico, más estiloso y rápido, es mejor. Mentalmente asociamos esa obsolescencia a las personas y concluimos erróneamente que los mayores tienen que mantenerse en un segundo plano porque ya no sirven.
El término edadismo lo utilizó por primera vez el gerontólogo Robert Butler en el siglo XX para referirse a los estereotipos y prejuicios relacionados con la edad. En sus estudios, Butler describió tres factores que contribuyen a la aparición del edadismo:
Todo ello causa un rechazo mental hacía las cosas viejas que se extrapola a las personas y se convierte en actitud general de la sociedad que se manifiesta mediante: un control excesivo e innecesario o la creencia de que los mayores son como niños.
El edadismo convierte a las personas mayores en seres frágiles e improductivos, lo que justifica su exclusión en la toma de decisiones y su ostracismo social por no cumplir los cánones de belleza establecidos.
La desigualdad basada en la edad siempre ha estado presente de una forma u otra en todas las sociedades, pero hoy en día en la nuestra supone una discriminación con graves consecuencias. En realidad, no hay una edad a partir de la cual se aplique el edadismo, pero si se puede precisar el modo en el que esta discriminación afecta a las personas que la sufren.
Subestimar la capacidad de una persona mayor repercute en su autoestima notablemente. Perder independencia o sentirse “segundo plato” conduce a estados depresivos. El sentimiento de derrota y la frustración pueden llevar a las personas al límite.
El edadismo se da en la sociedad tanto en las familias como en las instituciones. Las actitudes y prejuicios sociales contribuyen a construir guetos para as personas mayores a las que se convierte en clichés. Por ser mayor tienes que ser además de esta forma, cuando hay cientos de condicionantes que hacen que cada persona mayor sea única. Ni todos los jóvenes son unos vagos, ni todos los mayores son unos inútiles.
Los estereotipos sobre los mayores justifican el trato diferenciado institucionalmente en las políticas sociales y en el derecho, excluyendo a los mayores a la hoja de decidir o de acceder a la compra de ciertos bienes.
De este modo, el edadismo se manifiesta de muchas formas, pero tal vez estas sean las más frecuentes:
Lamentablemente, el edadismo ocurre a diario, casi sin darnos cuenta y sin mala fe. Es algo que hacemos como sociedad inconscientemente. Sin embargo, es muy peligroso ya que el paternalismo hace que la aportación de las personas mayores se limite en todos los ámbitos.
Condicionar la vida de una persona a la edad que tiene es un prejuicio que justifica nuestro comportamiento hacia los mayores y les limita como personas y como ciudadanos. Seamos realistas, conozco a jóvenes que son un peligro al volante y a mayores que conducen a los 90 años ¿Por qué entonces queremos legislar la edad máxima para conducir vehículos en lugar de la capacidad de los conductores?
Recientemente y por casualidad acudí con mi madre (75 años) a una revisión de enfermería en el ambulatorio médico. Al entrar en la consulta una enfermera sonriente nos recibió gritando como si todas las personas mayores tuvieran que ser necesariamente sordas. “¿Cómo está Doña Carmen? ¿Ha venido usted con su hija? ¿Cómo se encuentra usted?” Decidí mantenerme al margen para ver como se desarrollaba la cita y me sorprendió comprobar el trato infantil que le daban a mi madre solo por ser mayor. En cuestión de minutos le prohibió prácticamente todo, sin criterio y como rutina: no podía comer dulce, comer salado, estar inactiva, ponerse nerviosa, salir a la calle, quedarse en casa… y en todo momento le hablaba como si tuviera seis años. Lo peor de todo ni siquiera fue que me quisiera explicar a mi la dosis de un medicamento, si no que mi madre asumió su comportamiento como normal y no dijo nada.
Al salir de la consulta le grité: “Madre cójase usted de mi brazo no vaya a caerse” y creo que solo entonces entendió el episodio de edadismo que acabábamos de vivir.
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